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domingo, 2 de diciembre de 2012

El último testamento de Oscar Wilde, Peter Ackroyd

Novela histórica, de perfecta ejecución
 exquisito relato de la vida de este
polémico escritor.
Puntuación 4/5

El autor en esta novela histórica situa a Oscar Wilde en los últimos años de su existencia, en la ciudad de París, escribiendo un diario fechado desde el 9 de Agosto a 30 de Noviembre de 1.900, donde malvive merced a los sablazos perpetrados a sus allegados, exiliado  y aborrecido de la sociedad inglesa, como un producto pernicioso y depravado del vicio de sus calles.
Allí lejos de Inglaterra, adopta el nombre de "Sebastián Melmoth" parapetando así su verdadera identidad.
Quien en otro tiempo fuera escritor, conferenciante y periodista reconocido, creador de modas literarias, pionero en estrafalarias actitudes y vestimentas, hoy, se guarece en otro país, víctima de sus propios errores y de  un proceso judicial en donde diseccionaron sus debilidades como persona y sus vicios sexuales y diletantes.
Escondido en París, decide iniciar un diario, con mera pretensión de entretenimiento y exhumación de recuerdos e ideas, en el que escribe, desde el presente, en primera persona, oteando su pasado, tropezando con las causas de su actual aflicción y del desmoronamiento de su vida.
En la novela, aparece su pérfida biografía, mostrando con sinceridad y sin eufemismos a los miembros de su compleja familia, su condición de bastardo, el alcoholismo de su madre, la frialdad paterna, sus conatos infantiles como extraño niño irlandés en la sociedad británica. Sus prejuicios hacia los ingleses se expresan en el diario con estas frases:
"No era popular, pero me aceptaban. Aunque estos eran hijos de Irlanda; después aprendí que los ingleses son capaces de reírse y golpearse al mismo tiempo sin el menor remordimiento. Este es el secreto de su triunfo como nación."
Van desfilando matices de su afilada pluma, sus primeros escritos y obras de teatro, su condición de referente en los círculos bohemios literarios y artísticos, en una nación que lo alaba y emula con la hipócrita cautela de la traición. Se confiesa víctima de su propio histrionismo en estos términos:
"al verme imitado comprendí inmediantamente que si quedaba atrapado en mi personalidad estética, ésta podría convertirse en un íncubo. La imitación no consigue cambiar al imitador, pero si al imitado."
Pero, mientras aventa recuerdos en el escrito, sigue contándonos su agrio presente, su precaria economía, el abandono y desprecio de los británicos hacía él, la camada de amantes que lo soportan y aprovechan su díscola fama, postreros carroñeros de su ingenio, de su devaluada condición de exitoso escritor. Un presente de un sabor acre, decadente, sin retorno.
Desentierra el recuerdo culpable de su esposa Constance y de su hijos, Cyril y Vyvyan, a los que repudió al escoger la alternativa del alcohol, de la vida nocturna y disoluta, en brazos de homosexuales, de amores adolescentes y mercenarios, incapaz de afrontar la monotonía y simplicidad de una vida marital convencional. Se abandona en una bacanal de lujo, vicio y desplifarro, sintetizado en estas líneas:
"Alquilé un cabriolé que me seguía a todas partes y, en mi huida de la vida doméstica vivía en restaurantes, hoteles y apartamentos privados. Solía sentarme en el Café Royal y discutía cosas improbables con personajes imposibles. Era vano y el mundo adoraba mi vanidad. Si hay algo que los ingleses admiran es el éxito..."
Narra la depravación de barrios londineses como Southwark y Clekenwell centricos y vergonzantes donde se solazaban en el desenfreno los miembros más escabrosos de la ciudad:
"Me entrego, por qué no admitirlo, a la compañía de la bebida y de muchachos; los chicos resultan más caros aunque, desde luego, son bastante mas maduros. En realidad la bebida me produce mejor efecto pues, según tengo entendido, impide que me vuelva aburrido. Algunas personas beben para olvidar; yo bebo para recordar. Bebo para comprender lo que digo y para descubrir lo que ya sé."
Incluye  en el diario, con dramático dolor, la escocedura del proceso judicial. Su procesamiento y condena, la  reclusión en los establecimientos penitenciarios de Pentonville y Reading, la infamia de los transporte, la tétrica arquitectura de las prisiones, las insalubres instalaciones, el trato degradante al que fue sometido. Denuncia la dispensa a los presos de vejaciones físicas y psicológicas. Narra la humillación de ser obligado a coser sacas de correos, la incomunicación en celdas de castigo, las secuelas físicas con un daño incurable en uno de sus oídos y la perdida de visión.

 El libro está escrito con la maestría característica de este autor, con su estilo fluido y contundente, administrando los datos biográficos y las conexiones con el supuesto diario, sin altibajos ni incurrir en el error de atormentar con muchas fechas y acontecimientos, matizando la diferencia entre el género de la novela y la biografía.
Se percibe que Peter Ackroyd es un erudito de la época y del personaje, y utiliza un estilo con una prosa en la que imposta a la perfección el estilo cáustico e incisivo de Oscar Wilde, con su inmersión y evocaciones mitológicas. Una demostración plausible de oficio y del profundo conocimiento de la obra del autor, en la que entrevera frases y expresiones de Wilde, con una sutileza y discrección sorprendentes, virtud esta, sólo reservada a grandes escritores como Ackroyd.

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