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jueves, 8 de febrero de 2024

Salir a robar caballos, de Per Petterson

 

Per Petterson nació en Oslo, Noruega, en 1952. Trabajó como vendedor en una librería y traductor y crítico literario. Debutó en la literatura en 1987 con un libro de cuentos titulado «Aske i munnen, sand i skoa». Entre sus novelas destaca «Til Sibir», ambientada en la Segunda Guerra Mundial y que fue nominada al Premio de Literatura del Consejo Nórdico. La novela que comentamos hoy, «Salir a robar caballos», publicada en 2003, fue la que le encumbró a la fama siendo premiada en Noruega y traducida a varios idiomas en una cincuentena de países. Cuenta con varios premios nacionales noruegos y también internacionales en el ámbito de la literatura. Otras novelas suyas son «Yo maldigo el río del tiempo (2010)», «Hombres en mi situación (2020)» y «A Siberia(2011)».

A la gente le gusta que le cuentes cosas, en dosis adecuadas, en un tono humilde y confidencial, y entonces creen que te conocen, pero no es verdad, sólo saben de tí, porque lo que averiguan son los hechos, no los sentimientos, no lo que piensas sobre nada ni el modo en que tus experiencias y decisiones te han convertido en quién eres. 

La novela es narrada en primera persona por Trond Sander, un hombre de sesenta y siete años que vive aislado en una casa de un bosque situado en la frontera entre Noruega y Suecia. El narrador intercala sucesos del verano de 1948, cuando contaba 15 años, cuando se convirtió en adulto trabajando con su padre y un amigo, Franz, cuya esposa mantenía relaciones adúlteras con su padre. La Segunda Guerra Mundial guerra había acabado hacía tres años y al parecer su padre hacía traslados allende la frontera, aunque nunca lo confesó. Ya mayor y viudo de su segunda esposa, decide dejar la ciudad de Oslo y marcharse a vivir a una cabaña en un bosque de la región más oriental de Noruega con la única compañía de su perro. Un hijo del amigo de su padre vivía en las inmediaciones y le hace rememorar su pasado y cómo cambió su vida, pues su fascinación por su padre desapareció de golpe cuando este les abandonó a él, su hermana y su madre.

Me encontraba en medio de todo. Olía a resina, me olía la ropa y me olía el cabello y, por la noche, notaba que la piel me olía a resina cuando me iba a la cama. Me quedaba dormido con ese aroma y me despertaba con él y me acompañaba durante todo el día. Yo era bosque.

En el club de lectura en el que participo hubo división de opiniones sobre este libro. Por lo general había gustado mucho, aunque con algunas discrepancias, entre ellas la mía personal. Es posible que la traducción al español desde el noruego sea complicada a la vez que el carácter de los noruegos es muy contrario al nuestro, siendo más retraídos y poco expresivos, quizá simplemente por el clima y la poca población de Noruega. En todo caso, las descripciones, insistentes y repetitivas, de los paisajes, los trabajos y los lugares te transportan una y otra vez a espacios que casi se pudiera decir que estás viendo con tus propios ojos. Naturaleza y escenas caseras por doquier, soledad deseada y no lograda, analepsis continuas del pasado al presente, historias que quedan al albur del lector sin poderse concretar, poca intriga (o mucha según se mire y lo cotilla que quiera ser el lector) dan vida a este relato que, según algunas integrantes del club, precisa otra lectura más sosegada. Yo no diría tanto. Hay película, cuyo título en inglés es «Out stealing horses» pero difícil de encontrar doblada al castellano o incluso con subtítulos. 

Saco la cacerola más pequeña, lavo unas patatas y las echo dentro, la lleno con agua y la pongo sobre la estufa… Es importante no volverse descuidado con la cena cuando uno está solo.