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jueves, 16 de enero de 2014

La Inquisición española, de Beatriz Comella

Dice la autora en su prólogo que «a veces escribimos sobre lo que deseamos conocer mejor» como la base para el nacimiento de este libro en las aulas universitarias mientras cursaba Geografía e Historia en los años setenta del siglo pasado, aunque el libro tiene como fecha de publicación el año 1998. A pesar del tiempo transcurrido, esta institución, no solo española, es una gran desconocida por el público en general que la asocia a la época concreta de los Reyes Católicos y al uso de procedimientos cuando menos dudosos en la imposición, por la fuerza, de una fe, la católica.

El libro nos presenta un recorrido por sus varios siglos de existencia, pues ya en 1242 aparece documentada estando bajo el control de los obispos... Pero es en 1478 cuando los Reyes Católicos la «refundan» en España y la utilizan para sus intereses, algunos de ellos ocultos y no precisamente religiosos. Su más famoso y conocido Inquisidor General fue Fray Tomás de Torquemada que estuvo al frente desde 1485 a 1496. Sin embargo, la época de mayores actuaciones del Santo Oficio se produjo en coincidencia con el reinado de Felipe II, entre los años 1540 y 1595. Estuvo vigente, también en las Indias, hasta comienzos del siglo XIX, en los que la invasión y dominación francesa en España nos abrieron los ojos siendo abolida en 1813 por las Cortes de Cádiz, aunque hubo una tímida recuperación por Fernando VII al año siguiente, siendo disuelta definitivamente por Pío VIII en 1829 y la regencia de María Cristina en 1834.

Con una normativa costumbrista, poco clara y muy adaptativa a los intereses de los jueces y bajo la atenta mirada del poder político o real, lo que se buscaba en todo momento era la «reina de las pruebas», es decir, la confesión del acusado, utilizando para ello todos los métodos imaginables e inimaginables, como la delación oculta o la tortura por ejemplo, en un ambiente de clara indefensión que hacía claudicar al reo que acababa confesando aquello que le pidieran para dar fin a su sufrimiento, aunque en muchas ocasiones, no tantas como parece, significaba la muerte en la hoguera.

El soporte humano de la Inquisición era verdaderamente notable: Aparte del Inquisidor General existían los alguaciles mayores, los jueces de bienes, los secretarios del secreto, alcaides de cárceles, adjuntos procesales, auxiliares técnicos, magistrados, oficiales y el personal de distrito, muy numeroso, en el que se encuadraban teólogos, canonistas, comisarios y familiares. Una máquina burocrática extensa y de gran complejidad que generaba unos cuantiosos gastos que en muchas ocasiones eran sufragados con los bienes incautados a los procesados. Sin comentarios.

Aunque estamos en el siglo XXI, pocas personas tienen clara la tremenda sinrazón que supone el imponer, y más con medios violentos, las creencias religiosas que pertenecen a la esfera privada de cada cual. A pesar de toda la información historiográfica existente, los mitos sobre la Inquisición siguen vivos. Este libro es un relato de hechos en los que se nos arroja luz sobre la historia y el funcionamiento de este controvertido tribunal, en una postura aséptica con la intención de incrementar nuestros conocimientos y cambiar las posibles ideas anteriores que tuviéramos. Por momentos me ha parecido de corte defensivo aunque no justificativo. Contiene numerosa información y presenta al final un cuadro cronológico y una bibliografía recomendada, entre la que se encuentra el libro «Historia de la Inquisición Española» de Henry Kamen, editado en 1973 y que espero los servicios de Correos estén a punto de entregarme para proceder a su lectura. El tema es interesante… para quién le interese. Y yo estoy interesado.

6 comentarios:

  1. ¿Consiguió la Inquisición la unidad de la fe?
    En el siglo XIII, la iglesia católica estableció la Inquisición en Francia, Alemania, Italia y España. Su propósito principal era erradicar los grupos religiosos disidentes que el clero consideraba peligrosos para la Iglesia. Después de la desaparición de estos grupos, la influencia de la Inquisición eclesial empezó a declinar, pero estos precedentes iban a tener horribles consecuencias para muchos españoles unos dos siglos después.
    En el siglo XV, los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, conquistaron el último reducto de los árabes, quienes habían ocupado gran parte de la península ibérica por ocho siglos. Estos monarcas buscaron maneras de forjar la unidad nacional. Se consideró que la religión era un instrumento útil para ese fin. En septiembre de 1480, la Inquisición reapareció en España, pero en esta ocasión bajo el poder del Estado. Su propósito era la “purificación del país y la unidad de la fe”. Los gobernantes católicos de España persuadieron al papa Sixto IV para que publicara una bula que los autorizara a ellos a nombrar a los inquisidores con el fin de vigilar y castigar la herejía. Desde entonces, el Estado financió la Inquisición y estableció los procedimientos que debería seguir. Había comenzado una cruzada para imponer una estricta uniformidad religiosa en el país. La institución fue dirigida principalmente por frailes dominicos y franciscanos, aunque estaba supervisada por la monarquía. Este fue un matrimonio de conveniencia entre la Iglesia y el Estado. Aquella deseaba erradicar la amenaza que percibía en los miles de españoles judíos y árabes que habían sido forzados a convertirse al catolicismo, pero de los que se sospechaba que conservaban sus anteriores creencias. Más tarde, utilizaría el mismo aparato para erradicar a los grupos protestantes que aparecieron el siglo siguiente. La Inquisición también demostró ser un poderoso instrumento para el Estado. Suprimió la oposición, generó sustanciosos ingresos de los bienes confiscados a las víctimas y concentró el poder en las manos de la monarquía. Por más de tres siglos esta temida institución impuso su voluntad sobre el pueblo español.

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  2. Torquemada: el inquisidor más notorio
    En 1483, tres años después de haberse implantado de nuevo la Inquisición en España, fue nombrado inquisidor general Tomás de Torquemada, un fraile dominico que, irónicamente, era de ascendencia judía. Su crueldad para con los sospechosos de herejía no tuvo parangón. El papa Sixto IV lo elogió por haber “encaminado vuestro celo a esas materias que contribuyen a la alabanza de Dios”. Más tarde, sin embargo, el papa Alejandro VI, alarmado por los excesos de Torquemada, trató de diluir su poder mediante nombrar a otros dos inquisidores generales. No sirvió de mucho. Torquemada continuó ejerciendo autoridad absoluta, y durante el tiempo que estuvo de inquisidor, quemó en el madero, como mínimo, a dos mil personas... “un horrible holocausto rendido al principio de intolerancia”, según The Encyclopædia Britannica. Miles de personas huyeron al extranjero, y a muchos otros se les encarceló y torturó, y se les confiscaron sus propiedades. Al parecer, Torquemada estaba convencido de que su labor era un servicio a Cristo. En realidad, la doctrina de la Iglesia justificaba sus acciones. Sin embargo, la Biblia advierte que el celo religioso puede estar desviado. En el primer siglo, Pablo describió a los judíos que perseguían a los cristianos como personas que tenían “celo por Dios; mas no conforme a conocimiento exacto”. (Romanos 10:2.) Jesús predijo que el celo mal dirigido incluso llevaría a tales personas a matar a gente inocente, imaginando que estaban ‘rindiendo servicio sagrado a Dios’. (Juan 16:2.) Los métodos de Torquemada ilustran bien las trágicas consecuencias de un celo endurecido por la intolerancia, en vez de atemperado por el amor y el conocimiento exacto. El suyo no fue el modo cristiano de conseguir la unidad de la fe.

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  3. La Inquisición y la Biblia
    Los inquisidores impidieron durante siglos que los españoles leyeran la Biblia en su idioma. Consideraban herética la mera posesión de una Biblia en el idioma vernáculo. En 1557 la Inquisición proscribió oficialmente la Biblia en cualquiera de las lenguas vernáculas de España. Se quemaron innumerables Biblias. No fue sino hasta 1791 que, por fin, se imprimió una Biblia católica en español, basada en la Vulgata Latina. La primera traducción completa de la Biblia de sus idiomas originales al español realizada por la iglesia católica, la versión Nácar-Colunga, no llegó sino hasta 1944. El alcance del poder de la Inquisición en este asunto era tal que incluso las Biblias manuscritas en romance (español primitivo) de la biblioteca personal del rey, en El Escorial, eran revisadas por el inquisidor general. Aún se puede ver la advertencia “prohibida” en la primera página de algunas de esas obras.
    Es posible que el que la Biblia haya estado proscrita por tantos siglos en España haya contribuido al interés actual de los españoles en las Sagradas Escrituras. Muchos tienen ahora una Biblia en casa y demuestran un deseo sincero de conocer lo que esta en realidad enseña.

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  4. La verdadera cara de la Inquisición
    La Inquisición fomentó inevitablemente la avaricia y la sospecha. El papa Sixto IV se quejó de que los inquisidores estaban demostrando más deseo por el oro que celo por la religión. Cualquier persona pudiente estaba en peligro de ser denunciada, y aunque podía ser “reconciliada con la Iglesia” durante el proceso inquisitorial, de todos modos se le confiscaban sus bienes. A otros se les juzgaba después de muertos, y se dejaba en la miseria a sus herederos, algunas veces sobre la base de informadores anónimos que recibían un porcentaje de las riquezas incautadas. La amplia utilización de espías e informadores produjo un clima de temor y sospecha. Con frecuencia se invocaba a la tortura para obtener los nombres de otros “herejes”, lo que resultó en el arresto de muchas personas inocentes sobre la base de evidencia insustancial. Las fuertes sospechas antisemíticas condujeron a otros abusos. Por ejemplo: Elvira del Campo, de Toledo, fue acusada en 1568 por no comer carne de cerdo y por haberse puesto ropa limpia en sábado, lo que se consideraba prueba de la práctica secreta del judaísmo. Torturada sin piedad en el potro, imploró: “Señores, ¿por qué no me decís lo que queréis que diga?”. En la segunda sesión de tortura tuvo que confesar que su repugnancia por la carne de cerdo no era un producto de la fragilidad de su estómago, sino un rito judío.

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  5. No se ganó ni el corazón ni la mente
    Se oyeron valientes voces de protesta, incluso durante el período de máximo poder de la Inquisición. Elio Antonio de Nebrija, uno de los principales eruditos de su día, fue denunciado a la Inquisición por su deseo de mejorar el texto de la Biblia Vulgata Latina. Nebrija protestó: “¿He de decir a la fuerza que no sé lo que sé? ¿Qué esclavitud o qué poder es este tan despótico?”. Luis Vives, otro erudito cuya entera familia fue aniquilada por la Inquisición, escribió: “Vivimos en tiempos difíciles en los que no podemos ni hablar ni callar sin peligro”. A principios del siglo XIX, el escritor y político español Antonio Puigblanch abogó por la abolición de la Inquisición. Este era su argumento: “Siendo la Inquisición un tribunal eclesiástico, su rigor es incompatible con el espíritu de mansedumbre que debe distinguir a los ministros del Evangelio”. Incluso en la actualidad muchos católicos sinceros están tratando de explicarse el papel que desempeñó la Iglesia en la Inquisición.
    De modo que es propio preguntarse: ¿Se ganó en realidad el corazón y la mente de la gente con estos métodos? Un historiador observa: “La Inquisición, mientras que forzaba la conformidad al dogma y la observancia externa, no logró inspirar un respeto genuino a la religión”. Cuando las amenazas, los encarcelamientos, la tortura e incluso la muerte se emplean para conseguir fines políticos y religiosos, acaban siendo contraproducentes. La Iglesia española, manchada por su historia de represión, aún está cosechando las consecuencias de haber sembrado la violencia, el odio y la sospecha.

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  6. El fin, ¿justifica los medios?
    El concepto de “unidad religiosa a cualquier precio” es peligroso. El celo religioso puede convertirse fácilmente en fanatismo. Esta tragedia se puede evitar por medio de adherirse fielmente a los principios bíblicos. El ejemplo de los cristianos del primer siglo prueba que esto es así. Con respecto a los métodos que usaron los cristianos primitivos para mantener la armonía doctrinal, The New Encyclopædia Britannica explica: “Durante los primeros tres siglos de cristianismo, las penas contra los herejes eran exclusivamente espirituales, por lo general, la excomunión”. Este procedimiento estaba en armonía con las instrucciones de las Escrituras: “Huye del hombre hereje, después de haberle corregido una y dos veces”. (Tito 3:10, Torres Amat.)
    El guerrear cristiano... para ganar la mente de otras personas
    La Biblia habla de la predicación de las buenas nuevas como un guerrear espiritual. La meta es poner “bajo cautiverio todo pensamiento para hacerlo obediente al Cristo”. La unidad duradera se conseguiría por medio de armas, pero no armas de tortura. Serían, más bien, espirituales, “poderosas por Dios”, que se usarían siempre “junto con genio apacible y profundo respeto”. (2 Corintios 10:3-5; 1 Pedro 3:15.)
    Felizmente, podemos esperar el día en que ya no exista persecución religiosa. La promesa de Dios es que pronto vendrá un tiempo en el que “no harán ningún daño ni causarán ninguna ruina”. Se conseguirá verdadera unidad religiosa, y toda la “tierra ciertamente estará llena del conocimiento de Jehová como las aguas cubren el mismísimo mar”. (Isaías 11:9; Revelación 21:1-4.)

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