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lunes, 6 de enero de 2014

La vida privada de Mona Lisa, Pierre La Mure

Un aviso para navegantes: no se le ocurra atisbar siquiera las primeras líneas del prólogo de este libro, pues si lo hace lo más probable es quede atrapado y no pueda dejar de leer hasta acabarlo. Al menos eso es lo que me ocurrió a mí que dejé la lectura en curso y me puse afanosamente y con deleite a devorar las casi 400 páginas de este libro en su edición impresa, dado que no he podido encontrarlo ni vivo ni muerto en edición electrónica. Al final de esta entrada reproduzco un pasaje del prólogo con una interesante comunicación del autor sobre la novela histórica, la historia novelada o, nuevo concepto para mí, la historia dramatizada.

Pierre La Mure nació en Niza en 1909 pero con motivo de la Guerra Mundial tuvo que marchar a EE.UU., donde falleció en 1976. Un año antes, en 1975, publicó «La vida privada de Mona Lisa», último libro de una serie de otros como «Moulin Rouge», dedicado a la vida de Toulouse-Lautrec o «Claire de lune» sobre Debussy.

Donna Lisa de Gherardini del Giocondo, «Mona Lisa» o lo que es lo mismo «Señora Lisa», ha pasado a la historia por el mundialmente conocido y estudiado cuadro obra de Leonardo da Vinci que se conserva en el museo parisino del Louvre desde 1797. Contemporánea de nuestra Juana I de Castilla, tercera hija de los Reyes Católicos, nacida en 1479, no hubiera pasado a la historia de no ser por el capricho de Giuliano de Médicis, su amor de juventud, que hizo el encargo del cuadro al maestro Leonardo para ponerlo en la pared de su dormitorio. Realmente en el libro se habla poco de la vida de esta mujer pero es el eje sobre el que pivotan una serie de historias de vidas y sucesos de esos finales del siglo XV en Italia con espléndidas y detalladas descripciones históricas de los personajes que rigieron los destinos de Italia y países vecinos, entre ellos del propio Leonardo da Vinci y su errática personalidad probablemente consecuencia de su genialidad, nunca realmente demostrada en diferentes campos. El nombre de «La Gioconda», alegre en su acepción castellana, deriva de su condición de esposa de Francesco di Giocondo, un hombre mucho mayor que ella al que aborreció en sus inicios matrimoniales pero por el que tuvo gran respeto y devoción hasta su temprana muerte, si bien en esto hay ciertas discrepancias históricas, que por otra parte no han sido aclaradas por el autor aunque numerosas notas al pie indican sucesos reales acontecidos en el momento de la narración.
Coqueteaba un poco con uno que otro joven apuesto, pero solo lo hacía para asegurarse de que aún conservaba sus atractivos. Los ojos masculinos, descubrió, constituían el más sincero de los espejos
Lisa caló enseguida a Leonardo que seguramente cumplió el encargo de pintar el cuadro e incluso alargar su finalización porque le gustaba la compañía y las «regañinas» de su modelo …
Pronto Lisa descubrió su patética vanidad y su quimérica fe en sí mismo, su curiosidad compulsiva que le hacía revolotear de una ciencia a otra, su psicótica incapacidad para terminar nunca nada, su costumbre de firmar contratos que luego no cumplía, de quedarse con los adelantos recibidos sin entregar nada a cambio.

Lisa cada vez comprendía más claramente que la muerte de Albiera le había privado, a los doce años, del amor y de la firme y tierna guía que tal vez hubiera conseguido hacerle perseverar en una carrera artística en la cual, son su extraordinario talento, hubiera podido conseguir, si no riquezas, al menos un decoroso éxito. Perdida Albiera, se había convertido en una nave sin timonel, arrojada de aquí para allá según las ráfagas de su fantasía.

El artista incomparable se hizo festejador: malabarista, mago, cantante, tocador de laúd y finalmente, por un amable capricho del destino, festaiuolo o maestro de festividades. Sus halagos, unidos a su habilidad para cantar y tocar el laúd, le permitieron ganarse la protección de Beatrice. Su éxito en situarse en la escala social, le permitió moverse en los límites del deslumbrante mundo social en que tan desesperadamente deseaba ingresar.

Pero su insaciable ambición de obtener fama y fortuna no le había abandonado jamás. Toda su vida había intentado sorprender al mundo, como escultor, como arquitecto, como ingeniero, como pintor de murales y, por fin, como fabricante de sus propios inventos.

Ahora a los cincuenta y un años , tras fracasar en todo, volvía a encontrarse en el lugar que le correspondía, con un pincel en la mano y ejecutando un admirable retrato ….
No puedo valorar la veracidad de los hechos narrados pero este libro, con el que me he encontrado por casualidad al comprarle de viejo en internet para una amiga, pero sus páginas sí contienen un relato maravilloso y cautivador. Tuve la oportunidad de visitar la capital de la región italiana de la Toscana, Florencia, y aunque han pasado más de treinta años he recordado vivamente los incomparables rincones de esa ciudad, sus monumentos, su río, los comercios de su «ponte vecchio» … La atmósfera de la época, las gentes y sus vidas en la Italia renacentista, con sus problemas, sus comercios, sus guerras y peleas, me han llegado con intensidad y me han hecho disfrutar momentos memorables, asistiendo casi en persona a esa época dorada de la historia. Con ello, me han quedado claras dos cosas: que leeré el libro de nuevo pasado un tiempo y que tengo que volver de nuevo a Florencia; lo primero es fácil de cumplir y lo segundo se intentará.

Y como ya he comentado al principio, en la parte final del prólogo, escrito por el propio autor se aclara que …
Ahora debo explicar por qué escribí este libro histórico en forma de biografía dramatizada.

Dramatizada, que quede claro; no novelada.

No es, en absoluto, la misma cosa. En el primer caso, nos hallamos ante una forma legítima y efectiva de narrar la historia, utilizada ya por el historiador griego Tucídides en el siglo IV antes de Cristo. La segunda es pura invención.

Para algunos, la historia es solo el registro sistemático de los hechos del pasado, particularmente, las guerras: todo ello en términos muy desapasionados y precisos. El problema de esta concepción reside en que la historia no tiene nada de precisa. De hecho, con la posible excepción de la teología, probablemente sea la más imprecisa de todas las ciencias.

La descripción del pasado ofrece casi tan pocas garantías como la predicción del futuro. Las fechas no concuerdan los documentos se contradicen. Los historiadores no logran ponerse de acuerdo sobre nada ni nadie. Por ejemplo, Colón nació en Cataluña, Andalucía, Galicia, Córcega, Génova y, como mínimo, en otras once ciudades italianas, todas las cuales poseen alguna u otra prueba en lo cual apoyar sus pretensiones.

Para otros, entre los cuales me encuentro, la historia es la resurrección de la gente, además de los acontecimientos, de una época pretérita: como hablaban, comían o rezaban; sus costumbres, sus canciones, sus medicamentos, sus creencias, sus alegrías y temores.

El máximo logro en el campo de la biografía dramatizada es "Guerra y Paz de Tolstoi". Narra la historia de una familia rusa en tiempos de la campaña de Napoleón en Rusia. Tolstoi fue oficial y pudo haber plasmado muy pedantes y tediosas descripciones de las maniobras tácticas. Muy sabiamente, dejó esa tarea para los manuales de estrategia y escribió una obra maestra de la literatura, y también un excelente libro de historia.

Ante la tarea de narrar mi historia, que es la de una ama de casa florentina y su familia en tiempos de las diversas invasiones francesas, decidí, con toda humildad, que la mejor opción era intentar seguir, en la medida de lo posible, el ejemplo de Tolstoi y escribir mi libro en la forma que él habría escogido.

Las innumerables notas que jalonan estas páginas servirán de garantía al lector de que no he sacrificado la exactitud histórica en este intento de exponer la vida de esta famosa, y, sin embargo, poco conocida, dama del Renacimiento, las personas que frecuentó, los dos hombres que amó y los turbulentos tiempos que le toco vivir

1 comentario:

  1. Gracias, Ángel Luis. muy interesante y apetecible. Y qué bien empezar el año así.
    Saludos,
    Patricia

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