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sábado, 14 de diciembre de 2013

SOLO, de AUGUST STRINDBERG.

 Solo, de August Strindberg.
El Cobre Ediciones.
Edición y posfacio de Alejandro García Schnetzer.
Traducción de Graciela Arancibia. 
136 páginas. 12 Euros.

Ya abrí Solo de Strindberg. Ya lo abrí y lo leí. Lejos queda la lectura de su Inferno, no su recuerdo. Solo también es una obra autobiográfica, pero a diferencia de Inferno, mucho más pausada: nos encontramos a un Strindberg menos agitado. Un Strindberg que pasea (sí, en la búsqueda que he emprendido de seres paseantes, en Solo he encontrado a otro) al ritmo de las estaciones del año: Después de muchas demoras, finalmente llega la primavera, y qué fiesta es caminar bajo los tilos esa primera mañana, cuando las hojas acaban de salir (…) Antes era empujado por el frío y el viento; ahora puedo tomarme mi tiempo, caminar lentamente e incluso sentarme en un banco (p.70) y también al ritmo marcado por su soledad: Para vivir en soledad, antes que nada debes llegar a un acuerdo contigo mismo y con tu pasado. Una larga y ardua tarea, una completa educación en la conquista de uno mismo. Pero no hay estudio más gratificante que el comenzar a conocerse, si tal cosa es posible. (p.41)

            Un estudio al que le ha ayudado mucho la lectura de su querido Balzac, de todos y cada uno de los volúmenes que forman La comedia humana: hasta que los hube terminado todos no me di cuenta de lo que había sucedido. Me había encontrado a mí mismo, y pude hacer una síntesis de todas las antítesis hasta ahora no resueltas de mi vida. Y al ver a la gente a través de sus binóculos había aprendido también a contemplar la vida con los dos ojos, mientras que anteriormente lo había hecho sólo con uno, como a través de un monóculo. (p.41)
           
            Cómo le gusta observar a Strindberg y cómo me gusta leer sus observaciones acerca de las personas con las que se cruza, esas personas a las que busca para escabullirse, aunque sea durante unas horas, de su soledad. Cómo observa con atención minuciosa su nueva casa, su cama, el escritorio, el balcón, las vistas a su alrededor. En la última entrada que escribí en este blog recreé el momento en el que el premio Nobel, Elias Canetti, cogía siendo niño un hacha y perseguía a su prima Laurica con la intención de matarla. A Strindberg también le causó una gran impresión el ver desde su ventana –gracias a un telescopio –a una niña de diez años con un hacha en sus manos: ¿Un hacha en la mano de una niña? Ahora, ¿cómo podían armonizar esas dos cosas? Algún secreto se me escapaba: algo siniestro, desagradable. (p.75). Si para Strindberg es lo más natural del mundo comprender que si vemos a un niño cerca de unas piedras y un río, al final el niño terminará cogiendo esas piedras para lanzarlas al agua, lo del hacha le desconcierta. Y es que mucho antes que Hitchcock, Strindberg sabía que el suspense está a la vuelta de la esquina, o como muy bien nos mostró el maestro del suspense en La ventana indiscreta, al otro lado de la ventana.

            A Strindberg no sólo le vemos mirar desde su ventana, también en sus paseos contempla esas casas en las que han dejado las persianas bien arriba, observando, el cotilla, el interior de una habitación en el que varias personas están reunidas: Nunca había visto el aburrimiento, el hastío, el cansancio de la vida tan resumidos como en esa habitación. (p.63-64)

            Me encantan estos libros en los que la vida va transcurriendo a golpe de observaciones, de paseos, al ritmo de las estaciones. Leer Solo de Strindberg es dejar a un lado el ruido, la rapidez con la que parece ir todo. Alejandro García Schnetzer nos cuenta que Nietzsche consideró a Strindberg un <<hermano espiritual>> (p.124); también que Zola quedó muy impresionado con la lectura de la obra de Strindberg El padre y le escribió una carta: su trabajo es una de las raras obras dramáticas que me han conmovido profundamente. (p.124) Y Thomas Mann lo consideraba un visionario: <<el primero en todo>>. (p.126).
           
                      Elias Canetti  recordaba en La lengua salvada cómo Strindberg se convirtió en el autor predilecto de su madre: durante el tiempo que vivimos en Viena siempre se le saltaban las lágrimas al mencionar a Strindberg, y solo en Zúrich llegó a acostumbrarse tanto a él y a sus libros que podía pronunciar su nombre sin excesiva agitación.  

            Nietzsche, Zola, Thomas Mann, la madre de Canetti disfrutaban leyendo a Strindberg. Y Strindberg disfrutaba leyendo a Balzac, a Goethe, del que obtiene gran deleite por su percepción alegre. Más allá de las crisis matrimoniales, de la manía persecutoria que padeció, me gusta verle en Solo por todo lo que he dicho, tan plácido,  divagando acerca del escritor del Fausto y sobre Schiller, ese poeta del que alguien me dijo que le parecía muy guapo: como si el poeta fuera una estrella del cine que al salir de los rodajes le diese por estudiar a Shakespeare, Kant y Voltaire.
           
            Cuántos nombres en esta entrada, cuántas ganas de seguir leyendo, y a la vez, que sensación ahora, al mencionar los nombres de Kant, Schiller, Strindberg, de Universo tan lejano del nuestro, como si todo fuera un cuento que pasó hace mucho tiempo… 


Pero necesito que me lo sigan contando.

Patricia L.D.


August Strindberg (Estocolmo, 1849-1912) fue maestro de escuela, actor, telegrafista, bibliotecario, pintor, alquimista y escritor de fama. Su dilatada producción suele dividirse en dos periodos: uno naturalista, que supo elogiar Zola, y otro expresionista, que admiró Nietzsche. El padre (1887), La señorita Julia (1888), Danza macabra (1900) y Espectros (1908) figuran entre sus dramas más aplaudidos por el público y por la crítica, que lo consideró el padre del teatro moderno. Su obra narrativa incluyó novelas, poemas, sátiras, ensayos y narraciones breves. El hijo de la sierva (1886), La plañidera de un loco (1888), Inferno (1897) y Solo (1903) fueron la cima de sus trabajos autobiográficos.
            


miércoles, 22 de mayo de 2013

Las damas de Hitchcock, de Donald Spoto.


Editorial Lumen.
Tapa dura.384 págs.
22,90 Euros.


Leyendo Las damas de Hitchcock me he sentido un poco James Stewart (L.B.Jeffries) en “La ventana indiscreta”: cogiendo la cámara o los prismáticos –dependiendo del momento –para observar bien la relación que mantuvo el genio con las mujeres que trabajaron con él y así no perder detalle.

Antes de este libro Donald Spoto  ya había dedicado otros dos a la vida y obra del maestro del suspense: El arte de Alfred Hitchcock y Alfred Hitchcock: la cara oculta del genio. Es conocido por las numerosas biografías que ha escrito, entre las que se incluyen las de Marlen Dietrich, Audrey Hepburn, Laurence Olivier, Marilyn Monroe o Ingrid Bergman.


Dividido en quince capítulos el libro abarca desde los años en los que trabajaba Hitchcock para la productora británica Famous Players-Lasky –que pertenecía a  la Paramount Pictures –hasta su muerte. O dicho de otra manera: desde Virginia Valli que fue la primera dama de Hitchcock en El jardín de la alegría hasta Tippi Hedren en Marnie, la ladrona.

            En casi todos los capítulos Donald Spoto sigue la misma estructura: primero  introduce a las diversas actrices, hablándonos un poco de sus vidas antes de conocer a Hitchcock; luego pasa a contar la relación que mantuvieron con él en los rodajes, y finalmente qué fue de ellas después de dejar el plató. A Donald Spoto le interesa sobre todo esclarecer el motivo por el cual Hitchcock mantuvo una actitud de amor-odio con la mayoría: Admirador de Madeleine Carroll durante un momento y cruelmente despectivo al siguiente, Hitchcock la mantuvo en guardia durante todo el rodaje. Aquella fue la primera muestra de un rasgo que marcaría en el futuro sus relaciones con la mayoría de sus actrices protagonistas: atracción y repulsión simultáneas, una mirada casi idólatra desde detrás de la cámara y el correspondiente deseo de humillarlas y rebajarlas. Tan contradictoria actitud dejó huella en el ambiente psicológico de sus películas más maduras, y en la vida real fue la conducta esquizoide responsable de que infligiera un daño considerable a sus actrices durante el tiempo que trabajó con ellas. (p.85)

            No sé hasta qué punto se puede considerar “un daño considerable” para una actriz que el director le exija –echando por tierra los deseos de ella –ponerse un traje de chaqueta gris (Kim Novak en Vértigo) o que tenga que repetir muchas veces una escena (la famosa escena de Janet Leigh en la ducha para Psicosis). Tampoco que Hitchcock no tuviese ningún reparo en contar cientos de chistes verdes delante de ellas, así como apenas dirigirles (ni a ellas ni a los actores) ni ofrecerles más apuntes sobre los personajes que tenían que interpretar. ¿Esto es tan horrible? En algunos momentos he tenido la sensación que a muchas les faltaba tomarse menos en serio las excentricidades de Hitchcock. Por eso me han gustado especialmente unas páginas en las que aparece en escena ¡tachán-tachán! la actriz Tallulah Bankhead (Naúfragos) que además de compartir con Hitchcock en el plató el gusto por las historias subidas de tono, su voz de barítono, su tosca sensualidad y rápido sentido del humor hacían de ella un personaje único, tanto en su profesión como en su vida social. Tallulah no se achicó con Hitchcock y por eso seguramente él no le causó ningún temor ni le abrumó con sus bromas.
           
<<Nunca la han confundido con un hombre por teléfono?>>, le preguntó el columnista Earl Wilson en una ocasión, a lo que ella replicó sin vacilar: <<No, ¿y a usted?>>. Según ella misma y sus biógrafos, sus amantes, hombres y mujeres, eran legión. Un día, en Nueva York, vio a un antiguo novio con quien no se había cruzado en ocho años, se le acercó corriendo y le gritó: <<¡Creía haberte dicho que esperaras en el coche!>> (p.158)


Resulta interesante volver a ver Vértigo siguiendo la lectura que hace de ella Donald Spoto. Alfred Hitchcock tenía fijación por las mujeres rubias y trataba de transformar a sus actrices en su ideal de mujer.  Supervisaba todo lo que tuviera que ver con su presentación en la pantalla, desde los peinados hasta el guardarropa, desde el maquillaje hasta los zapatos, desde los ángulos de cámara hasta el montaje final. (p.267) Esa obsesión por convertir a una mujer en las fantasías que uno tiene la vemos en Scottie Fergusson (James Stewart) con el personaje interpretado por Kim Novak (Madeleine/Judy):


<<Él te transformó, ¿verdad?>>, grita Stewart a Novak al final de la película, refiriéndose al hombre que <<creó>> a Madeleine partiendo de Judy. <<Te dio forma del mismo modo que yo te di forma a ti, solo que mejor. No solo fue el pelo y la forma de vestir, sino los gestos y la manera de hablar. Y luego, ¿qué hizo? ¿Te adiestró? ¿Te hizo ensayar? ¿Te dijo exactamente lo que debías hacer y decir? Fuiste una alumna aventajada, ¿verdad? ¡Sí que lo fuiste!>> (p.268)

            Y al final Donald Spoto nos reserva la que sí parece una relación un tanto enfermiza del genio con Tippi Hedren, que llegó a contratar a un espía para que le diera cuenta de todos los movimientos de la actriz cuando no estaba junto a él. Una relación que según François Truffaut mermó a Hitchcock: Estoy convencido –escribió François Truffaut –de que Hitchcock no volvió a ser el mismo después de Marnie la ladrona y de que el fracaso de la película mermó de manera importante su confianza en sí mismo. Eso no tuvo tanto que ver con su tropiezo en la taquilla (ya había sufrido otros) como con el descalabro de su relación personal y profesional con Tippi Hedren. (p.325) Marnie, la ladrona reflejaría parte de esa relación si vemos a Sean Connery (Mark Rutland) como Hitchcock y a Tippi Hedren (Marnie) como la propia Tippi.


Marnie: “Lo único que quiero es que me dejes sola (…) Si quieres ayudarme sólo tienes un modo de hacerlo, y es dejándome en paz. ¿Aún no lo comprendes? Creo que está claro. No puedo soportar que me toques”.
Mark: ¿Y si intentásemos descansar? Mañana seguiremos discutiendo.
Marnie: “No hay nada más que discutir. Ahora ya sabes qué siento, y continuaré sintiendo lo mismo mañana y al día siguiente, y al otro y al otro…”
(…)
Marnie: “Para usted yo soy un animal más de los que acostumbra a capturar”.

Jessie Matthews, Nova Pilbeam, Silvia Sidney, Teresa Wright, Joan Fontaine, Margaret Lockwood, Grace Kelly, Ingrid Bergman, Eva Marie Saint, Kim Novak…Todas cayeron presas en las garras de Hitchcock. Tuvieron que aguantar a un genio, que no por serlo estaba exento de debilidades y muchos muchos complejos. Lo tuvieron que padecer pero también formaron parte de películas maravillosas. Tenemos que agradecer que Hitchcock transformase  -no sólo a las actrices en su ideal- todas sus obsesiones en arte. También nos habla Spoto de la esposa de Hitchcock, Alma Reville y de la hija de los dos, Patricia Hitchcock. Pero por hoy basta de ejercer de papá Freud (como ejercían Ingrid Bergman en Recuerda, o Sean Connery en Marnie, la ladrona)  y  ya está bien de mirar y analizar. Dejemos la cámara y los prismáticos bajo la cama.
Patricia L.D.