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miércoles, 22 de mayo de 2013

Las damas de Hitchcock, de Donald Spoto.


Editorial Lumen.
Tapa dura.384 págs.
22,90 Euros.


Leyendo Las damas de Hitchcock me he sentido un poco James Stewart (L.B.Jeffries) en “La ventana indiscreta”: cogiendo la cámara o los prismáticos –dependiendo del momento –para observar bien la relación que mantuvo el genio con las mujeres que trabajaron con él y así no perder detalle.

Antes de este libro Donald Spoto  ya había dedicado otros dos a la vida y obra del maestro del suspense: El arte de Alfred Hitchcock y Alfred Hitchcock: la cara oculta del genio. Es conocido por las numerosas biografías que ha escrito, entre las que se incluyen las de Marlen Dietrich, Audrey Hepburn, Laurence Olivier, Marilyn Monroe o Ingrid Bergman.


Dividido en quince capítulos el libro abarca desde los años en los que trabajaba Hitchcock para la productora británica Famous Players-Lasky –que pertenecía a  la Paramount Pictures –hasta su muerte. O dicho de otra manera: desde Virginia Valli que fue la primera dama de Hitchcock en El jardín de la alegría hasta Tippi Hedren en Marnie, la ladrona.

            En casi todos los capítulos Donald Spoto sigue la misma estructura: primero  introduce a las diversas actrices, hablándonos un poco de sus vidas antes de conocer a Hitchcock; luego pasa a contar la relación que mantuvieron con él en los rodajes, y finalmente qué fue de ellas después de dejar el plató. A Donald Spoto le interesa sobre todo esclarecer el motivo por el cual Hitchcock mantuvo una actitud de amor-odio con la mayoría: Admirador de Madeleine Carroll durante un momento y cruelmente despectivo al siguiente, Hitchcock la mantuvo en guardia durante todo el rodaje. Aquella fue la primera muestra de un rasgo que marcaría en el futuro sus relaciones con la mayoría de sus actrices protagonistas: atracción y repulsión simultáneas, una mirada casi idólatra desde detrás de la cámara y el correspondiente deseo de humillarlas y rebajarlas. Tan contradictoria actitud dejó huella en el ambiente psicológico de sus películas más maduras, y en la vida real fue la conducta esquizoide responsable de que infligiera un daño considerable a sus actrices durante el tiempo que trabajó con ellas. (p.85)

            No sé hasta qué punto se puede considerar “un daño considerable” para una actriz que el director le exija –echando por tierra los deseos de ella –ponerse un traje de chaqueta gris (Kim Novak en Vértigo) o que tenga que repetir muchas veces una escena (la famosa escena de Janet Leigh en la ducha para Psicosis). Tampoco que Hitchcock no tuviese ningún reparo en contar cientos de chistes verdes delante de ellas, así como apenas dirigirles (ni a ellas ni a los actores) ni ofrecerles más apuntes sobre los personajes que tenían que interpretar. ¿Esto es tan horrible? En algunos momentos he tenido la sensación que a muchas les faltaba tomarse menos en serio las excentricidades de Hitchcock. Por eso me han gustado especialmente unas páginas en las que aparece en escena ¡tachán-tachán! la actriz Tallulah Bankhead (Naúfragos) que además de compartir con Hitchcock en el plató el gusto por las historias subidas de tono, su voz de barítono, su tosca sensualidad y rápido sentido del humor hacían de ella un personaje único, tanto en su profesión como en su vida social. Tallulah no se achicó con Hitchcock y por eso seguramente él no le causó ningún temor ni le abrumó con sus bromas.
           
<<Nunca la han confundido con un hombre por teléfono?>>, le preguntó el columnista Earl Wilson en una ocasión, a lo que ella replicó sin vacilar: <<No, ¿y a usted?>>. Según ella misma y sus biógrafos, sus amantes, hombres y mujeres, eran legión. Un día, en Nueva York, vio a un antiguo novio con quien no se había cruzado en ocho años, se le acercó corriendo y le gritó: <<¡Creía haberte dicho que esperaras en el coche!>> (p.158)


Resulta interesante volver a ver Vértigo siguiendo la lectura que hace de ella Donald Spoto. Alfred Hitchcock tenía fijación por las mujeres rubias y trataba de transformar a sus actrices en su ideal de mujer.  Supervisaba todo lo que tuviera que ver con su presentación en la pantalla, desde los peinados hasta el guardarropa, desde el maquillaje hasta los zapatos, desde los ángulos de cámara hasta el montaje final. (p.267) Esa obsesión por convertir a una mujer en las fantasías que uno tiene la vemos en Scottie Fergusson (James Stewart) con el personaje interpretado por Kim Novak (Madeleine/Judy):


<<Él te transformó, ¿verdad?>>, grita Stewart a Novak al final de la película, refiriéndose al hombre que <<creó>> a Madeleine partiendo de Judy. <<Te dio forma del mismo modo que yo te di forma a ti, solo que mejor. No solo fue el pelo y la forma de vestir, sino los gestos y la manera de hablar. Y luego, ¿qué hizo? ¿Te adiestró? ¿Te hizo ensayar? ¿Te dijo exactamente lo que debías hacer y decir? Fuiste una alumna aventajada, ¿verdad? ¡Sí que lo fuiste!>> (p.268)

            Y al final Donald Spoto nos reserva la que sí parece una relación un tanto enfermiza del genio con Tippi Hedren, que llegó a contratar a un espía para que le diera cuenta de todos los movimientos de la actriz cuando no estaba junto a él. Una relación que según François Truffaut mermó a Hitchcock: Estoy convencido –escribió François Truffaut –de que Hitchcock no volvió a ser el mismo después de Marnie la ladrona y de que el fracaso de la película mermó de manera importante su confianza en sí mismo. Eso no tuvo tanto que ver con su tropiezo en la taquilla (ya había sufrido otros) como con el descalabro de su relación personal y profesional con Tippi Hedren. (p.325) Marnie, la ladrona reflejaría parte de esa relación si vemos a Sean Connery (Mark Rutland) como Hitchcock y a Tippi Hedren (Marnie) como la propia Tippi.


Marnie: “Lo único que quiero es que me dejes sola (…) Si quieres ayudarme sólo tienes un modo de hacerlo, y es dejándome en paz. ¿Aún no lo comprendes? Creo que está claro. No puedo soportar que me toques”.
Mark: ¿Y si intentásemos descansar? Mañana seguiremos discutiendo.
Marnie: “No hay nada más que discutir. Ahora ya sabes qué siento, y continuaré sintiendo lo mismo mañana y al día siguiente, y al otro y al otro…”
(…)
Marnie: “Para usted yo soy un animal más de los que acostumbra a capturar”.

Jessie Matthews, Nova Pilbeam, Silvia Sidney, Teresa Wright, Joan Fontaine, Margaret Lockwood, Grace Kelly, Ingrid Bergman, Eva Marie Saint, Kim Novak…Todas cayeron presas en las garras de Hitchcock. Tuvieron que aguantar a un genio, que no por serlo estaba exento de debilidades y muchos muchos complejos. Lo tuvieron que padecer pero también formaron parte de películas maravillosas. Tenemos que agradecer que Hitchcock transformase  -no sólo a las actrices en su ideal- todas sus obsesiones en arte. También nos habla Spoto de la esposa de Hitchcock, Alma Reville y de la hija de los dos, Patricia Hitchcock. Pero por hoy basta de ejercer de papá Freud (como ejercían Ingrid Bergman en Recuerda, o Sean Connery en Marnie, la ladrona)  y  ya está bien de mirar y analizar. Dejemos la cámara y los prismáticos bajo la cama.
Patricia L.D.

sábado, 18 de mayo de 2013

El aire de Chanel, de Paul Morand.


El aire de Chanel, de Paul Morand
Fábula de Tusquets Editores. Octubre, 1999.
162 páginas

El aire de Chanel es una biografía un tanto curiosa. Está escrita en primera persona –como si la escribiese la propia Coco Chanel (1883-1971) –pero  su autor es el poeta francés Paul Morand (1888-1976). Cuando ella tenía 63 años, y él 58, coincidieron en  Saint-Moritz, y ella empezó a tirar y tirar  del hilo, esta vez no para crear un traje, sino para contarle sus recuerdos, algunos retazos de su vida. Así que Paul Morand escuchaba, y tras la despedida subía a su habitación a tomar anotaciones de todo lo que le había narrado su  amiga. Pasó el tiempo y un día se acordó de esas hojas,  ya amarillentas. De ahí surgió El aire de Chanel.

Coco es en muchos sentidos un personaje. Ese personaje que siendo una niña  sufrió muchas carencias afectivas y que, gracias o a pesar de ello, fue forjando con empeño su carácter, su aire, sus aires, hasta llegar a levantar, a base de trabajo y más trabajo un imperio: la casa de modas Chanel.

Nos cuenta, o le contó a Paul Morand, que su educación se basó sobre todo en la lectura de novelas: compraba sobre todo libros, para leerlos. Los libros han sido mis mejores amigos. Así como la radio es una caja de mentiras, cada libro es un tesoro. Hasta el libro más malo tiene siempre algo que decir, alguna verdad. Hasta las novelas más estúpidas son monumentos de experiencia humana. He estado con muchas personas muy inteligentes y de gran cultura; se han extrañado de mis conocimientos; aún se hubieran extrañado más si les hubiera dicho que había aprendido a vivir en las novelas. Si tuviera hijas, les daría, por toda instrucción, novelas. En ellas encontramos las grandes leyes no escritas que rigen al hombre. En mi región no se hablaba; se carecía de tradición oral. Desde las novelas por entregas, leídas en el granero a la luz de una vela robada a la criada, hasta las más grandes obras clásicas, todas las novelas son realidad disfrazada de sueño. De niña leía, por afición, indistintamente catálogos y novelas: las novelas no son otra cosa que grandes catálogos.

La pequeña Coco leía, y a la pequeña Coco también le gustaba refugiarse en un cementerio. Como los muertos no hablan –quién mejor que un muerto para escuchar sin hacer interrupciones –ella encontró ahí su mejor escondrijo: le interesaba sobre todo escuchar su propia voz, sin prestar atención a nadie más. Supongo que en ese lugar se fue forjando la famosa lengua afilada de la modista, que hasta para hacer un regalo tenía que añadir su toque Coco: le regalo estas seis estatuas de figuras venecianas. Ya no las aguanto más. Quizá se acostumbró demasiado a hablar con muertos.

En el libro nos encontramos opiniones acerca de la moda, a la que no considera en ningún momento un arte. La moda no es un arte, es un oficio. Que el arte haga uso de la moda es más que suficiente para la gloria de la moda.

            Hace poco estuve viendo un documental sobre el diseñador de moda Tom Ford. Al igual que Coco Chanel, tampoco considera la moda un arte. De hecho, uno de los motivos por los que Tom Ford quiso hacer la película Un hombre soltero es porque quería dejar algo que permaneciese un poco más, y no se limitase a una estación del año.  Los dos, inmersos en ese mundo, consideran que la moda es reflejo de la sociedad del momento: la moda no está sólo en los vestidos; la moda está en el aire, la trae el viento, se presiente, se respira, está en el cielo y en el asfalto, está en todas partes, mantiene una estrecha relación con las ideas, las costumbres, los acontecimientos. Si por ejemplo no existe en este momento esa ropa interior, esos tea-gomns tan del gusto de las heroínas de Paul Borget y de Bataille, se debe sin duda a que vivimos en una en la que ya no hay interior. Tom Ford en la actualidad se plantea: ¿de qué es síntoma esa tendencia  en la que todo parece estar hinchado? ¿los labios, los pechos…? ¿por qué tanto botox?

            Me gusta la anécdota que cuenta Coco sobre Picasso, con quien tuvo una gran amistad, cuando unos ladrones entraron en su casa y  le robaron toda la ropa blanca, sin prestar ninguna atención a sus cuadros. Picasso y Stravinsky, Diaghilev, Forain, Madame de Chevingné… también nos encontramos en esta biografía con los momentos que vivió junto a ellos. Como con el único amor de su vida, Boy Capel, aquel guapo inglés (…) el único hombre al que he amado. Murió. Nunca lo he olvidado. Fue la gran suerte de mi vida; había hallado a una persona que no me desmoralizaba.

También sus opiniones acerca de las copias: En realidad, una invención se hace para que, una vez utilizada, se pierda en el anonimato. No sabía explotar todas mis ideas y me da una gran alegría verlas realizadas por otra persona, a veces con más acierto que yo. Por ello, durante muchos años ha existido una gran discrepancia entre mis colegas y yo, entre lo que para ellos es un gran drama y para mí no: la copia.

Más: ¿Qué pueden hacer los pequeños sino imitar a los grandes? Vuelvo a repetir que hacer una patente para un vestido, y ni siquiera para eso, para un dibujo o un freno de cañón de tiro rápido, es antimoderno, antipoético, antifrancés. El mundo ha vivido de las invenciones francesas y a su vez Francia ha vivido de la elaboración y de la puesta en práctica de las ideas inventadas por otros pueblos; la existencia no es sino movimiento e intercambio.

La verdad, no sé si seguiremos viendo dentro de unos años El aire de Chanel en las librerías, pero casi puedo afirmar que seguiremos viendo los frascos de Chanel Nº5 en las perfumerías, aunque luego, como casi todo,  se lo lleve el aire:

No sé por qué me he metido en este oficio y por qué se me ha considerado una revolucionaria. No fue para crear lo que me gustaba, sino, en primer lugar y ante todo, más bien para hacer pasar de moda lo que no me gustaba.

Patricia L.D.

Nota: esta reseña la escribí el 12/03/2013