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martes, 11 de junio de 2013

Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi.

SOSTIENE PEREIRA
Antonio Tabucchi
Anagrama, 2006
Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira.
184 Págs. 7,90 Euros.

            Pereira comenzó a sudar, porque pensó de nuevo en la muerte. Y pensó: Esta ciudad apesta a muerte, toda Europa apesta a muerte. (p.13)

            Esa ciudad que apesta a muerte, como toda Europa es Lisboa en el año 1938 durante la dictadura salazarista; y el hombre que suda y piensa en ese olor es Pereira, un periodista del Lisboa que un día decide buscar a alguien para que escriba las necrológicas anticipadas de los artistas que mañana morirán. Entonces encuentra a Monteiro Rossi, un joven que a diferencia de Pereira no está interesado en la muerte sino en la vida. Pero, ¿qué dice, señor Pereira?, exclamó Monteiro Rossi en voz alta, a mí me interesa la vida. (p.22)
           
            Efectivamente, Monteiro Rossi habla en voz alta, porque le interesa la vida, el presente, la política. Poco a poco, Pereira irá acercándose más a Monteiro Rossi y a su novia Marta, y serán para él la encarnación de lo que el  doctor Cardoso –que ha leído a Freud –denomina el evento: el evento es un acontecimiento concreto que se verifica en nuestra vida y que trastoca o perturba nuestras convicciones o nuestro equilibrio, en fin, el evento es un hecho que se produce en la vida real y que influye en la vida psíquica, usted debería reflexionar sobre si en su vida ha ocurrido algún evento. He conocido a una persona, sostiene haber dicho Pereira, mejor dicho, a dos personas, un joven y una muchacha. (p.102)

            Gracias a ese evento, a la aparición de esos dos jóvenes, Pereira empezará a cuestionarse su vida y a replantearse si debe permanecer en silencio o empezar a hablar. Callar, mirar hacia otro lado, hacer como si no fuera con él  la cosa, seguir "monologando" con el retrato de su difunta esposa y recordar sus años de estudiante en Coimbra; o bien hablar, mirar de frente al presente, tomar partido. Sí, dijo Pereira, pero si ellos tuvieran razón mi vida no tendría sentido, no tendría sentido haber estudiado Letras en Coimbra y haber creído siempre que la literatura era la cosa más importante del mundo, no tendría sentido que yo dirija la página cultural de ese periódico vespertino en el que no puedo expresar mi opinión y en el que tengo que publicar cuentos del siglo XIX francés, ya nada tendría sentido, y es de eso de lo que siento deseos de arrepentirme, como si yo fuera otra persona y no el Pereira que ha sido siempre periodista, como si tuviera que renegar de algo. (p.103)
           
            Sostiene Pereira sostiene que uno se puede arrepentir de lo que no ha hecho y empezar a hacerlo. Sostiene Pereira a través de la boca del doctor Cardoso, nos habla de la teoría de la confederación de las almas que vendría a confirmar esa posibilidad de cambio: Lo que llamamos la norma, o nuestro ser, o la normalidad, es sólo un resultado, no una premisa, y depende del control de un yo hegemónico que se ha impuesto en la confederación de nuestras almas; en el caso de que surja otro yo, más fuerte y más potente, este yo destrona al yo hegemónico y ocupa su lugar, pasando a dirigir la cohorte de las almas, mejor dicho, la confederación, y su predominio se mantiene hasta que es destronado a su vez por otro yo hegemómico, sea por un ataque directo, sea por una paciente erosión. Tal vez, concluyó el doctor Cardoso, tras una paciente erosión haya un yo hegemónico que esté ocupando el liderazgo de la confederación de sus almas, señor Pereira, y usted no puede hacer nada, tan sólo puede, eventualmente, apoyarlo. (p.104)

            Pereira finalmente apoyará a ese yo que puja por derrotar al otro que hasta ahora ha dominado su personalidad, y ayudará a Monteiro Rossi y a Marta, dejará a un lado el silencio y por fin podrá pedirse un oporto seco y fumar tranquilamente un cigarro.
            ¿Una limonada, señor Pereira?, le preguntó solícito Manuel mientras él se sentaba a una mesa. No, respondió Pereira, tomaré un oporto seco, prefiero un oporto seco. Es una novedad, señor Pereira, dijo Manuel, y más a estas horas, pero de todos modos me alegra, eso quiere decir que está mejor. (p.175)

            ¿Es la literatura un evento –como lo son Monteiro Rossi y Marta  para Pereira –que puede trastocar nuestras convicciones?

            Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi (1943-2012) me gustó mucho la primera vez que lo leí y me ha gustado mucho la segunda. Espero conseguir un día  la adaptación cinematográfica, aunque sin haberla visto todavía, ya me he imaginado a Marcelo Mastroianni como Pereira.

Fotograma de Sostiene Pereira (1996), de Roberto Faenza.
Patricia L.D.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Las damas de Hitchcock, de Donald Spoto.


Editorial Lumen.
Tapa dura.384 págs.
22,90 Euros.


Leyendo Las damas de Hitchcock me he sentido un poco James Stewart (L.B.Jeffries) en “La ventana indiscreta”: cogiendo la cámara o los prismáticos –dependiendo del momento –para observar bien la relación que mantuvo el genio con las mujeres que trabajaron con él y así no perder detalle.

Antes de este libro Donald Spoto  ya había dedicado otros dos a la vida y obra del maestro del suspense: El arte de Alfred Hitchcock y Alfred Hitchcock: la cara oculta del genio. Es conocido por las numerosas biografías que ha escrito, entre las que se incluyen las de Marlen Dietrich, Audrey Hepburn, Laurence Olivier, Marilyn Monroe o Ingrid Bergman.


Dividido en quince capítulos el libro abarca desde los años en los que trabajaba Hitchcock para la productora británica Famous Players-Lasky –que pertenecía a  la Paramount Pictures –hasta su muerte. O dicho de otra manera: desde Virginia Valli que fue la primera dama de Hitchcock en El jardín de la alegría hasta Tippi Hedren en Marnie, la ladrona.

            En casi todos los capítulos Donald Spoto sigue la misma estructura: primero  introduce a las diversas actrices, hablándonos un poco de sus vidas antes de conocer a Hitchcock; luego pasa a contar la relación que mantuvieron con él en los rodajes, y finalmente qué fue de ellas después de dejar el plató. A Donald Spoto le interesa sobre todo esclarecer el motivo por el cual Hitchcock mantuvo una actitud de amor-odio con la mayoría: Admirador de Madeleine Carroll durante un momento y cruelmente despectivo al siguiente, Hitchcock la mantuvo en guardia durante todo el rodaje. Aquella fue la primera muestra de un rasgo que marcaría en el futuro sus relaciones con la mayoría de sus actrices protagonistas: atracción y repulsión simultáneas, una mirada casi idólatra desde detrás de la cámara y el correspondiente deseo de humillarlas y rebajarlas. Tan contradictoria actitud dejó huella en el ambiente psicológico de sus películas más maduras, y en la vida real fue la conducta esquizoide responsable de que infligiera un daño considerable a sus actrices durante el tiempo que trabajó con ellas. (p.85)

            No sé hasta qué punto se puede considerar “un daño considerable” para una actriz que el director le exija –echando por tierra los deseos de ella –ponerse un traje de chaqueta gris (Kim Novak en Vértigo) o que tenga que repetir muchas veces una escena (la famosa escena de Janet Leigh en la ducha para Psicosis). Tampoco que Hitchcock no tuviese ningún reparo en contar cientos de chistes verdes delante de ellas, así como apenas dirigirles (ni a ellas ni a los actores) ni ofrecerles más apuntes sobre los personajes que tenían que interpretar. ¿Esto es tan horrible? En algunos momentos he tenido la sensación que a muchas les faltaba tomarse menos en serio las excentricidades de Hitchcock. Por eso me han gustado especialmente unas páginas en las que aparece en escena ¡tachán-tachán! la actriz Tallulah Bankhead (Naúfragos) que además de compartir con Hitchcock en el plató el gusto por las historias subidas de tono, su voz de barítono, su tosca sensualidad y rápido sentido del humor hacían de ella un personaje único, tanto en su profesión como en su vida social. Tallulah no se achicó con Hitchcock y por eso seguramente él no le causó ningún temor ni le abrumó con sus bromas.
           
<<Nunca la han confundido con un hombre por teléfono?>>, le preguntó el columnista Earl Wilson en una ocasión, a lo que ella replicó sin vacilar: <<No, ¿y a usted?>>. Según ella misma y sus biógrafos, sus amantes, hombres y mujeres, eran legión. Un día, en Nueva York, vio a un antiguo novio con quien no se había cruzado en ocho años, se le acercó corriendo y le gritó: <<¡Creía haberte dicho que esperaras en el coche!>> (p.158)


Resulta interesante volver a ver Vértigo siguiendo la lectura que hace de ella Donald Spoto. Alfred Hitchcock tenía fijación por las mujeres rubias y trataba de transformar a sus actrices en su ideal de mujer.  Supervisaba todo lo que tuviera que ver con su presentación en la pantalla, desde los peinados hasta el guardarropa, desde el maquillaje hasta los zapatos, desde los ángulos de cámara hasta el montaje final. (p.267) Esa obsesión por convertir a una mujer en las fantasías que uno tiene la vemos en Scottie Fergusson (James Stewart) con el personaje interpretado por Kim Novak (Madeleine/Judy):


<<Él te transformó, ¿verdad?>>, grita Stewart a Novak al final de la película, refiriéndose al hombre que <<creó>> a Madeleine partiendo de Judy. <<Te dio forma del mismo modo que yo te di forma a ti, solo que mejor. No solo fue el pelo y la forma de vestir, sino los gestos y la manera de hablar. Y luego, ¿qué hizo? ¿Te adiestró? ¿Te hizo ensayar? ¿Te dijo exactamente lo que debías hacer y decir? Fuiste una alumna aventajada, ¿verdad? ¡Sí que lo fuiste!>> (p.268)

            Y al final Donald Spoto nos reserva la que sí parece una relación un tanto enfermiza del genio con Tippi Hedren, que llegó a contratar a un espía para que le diera cuenta de todos los movimientos de la actriz cuando no estaba junto a él. Una relación que según François Truffaut mermó a Hitchcock: Estoy convencido –escribió François Truffaut –de que Hitchcock no volvió a ser el mismo después de Marnie la ladrona y de que el fracaso de la película mermó de manera importante su confianza en sí mismo. Eso no tuvo tanto que ver con su tropiezo en la taquilla (ya había sufrido otros) como con el descalabro de su relación personal y profesional con Tippi Hedren. (p.325) Marnie, la ladrona reflejaría parte de esa relación si vemos a Sean Connery (Mark Rutland) como Hitchcock y a Tippi Hedren (Marnie) como la propia Tippi.


Marnie: “Lo único que quiero es que me dejes sola (…) Si quieres ayudarme sólo tienes un modo de hacerlo, y es dejándome en paz. ¿Aún no lo comprendes? Creo que está claro. No puedo soportar que me toques”.
Mark: ¿Y si intentásemos descansar? Mañana seguiremos discutiendo.
Marnie: “No hay nada más que discutir. Ahora ya sabes qué siento, y continuaré sintiendo lo mismo mañana y al día siguiente, y al otro y al otro…”
(…)
Marnie: “Para usted yo soy un animal más de los que acostumbra a capturar”.

Jessie Matthews, Nova Pilbeam, Silvia Sidney, Teresa Wright, Joan Fontaine, Margaret Lockwood, Grace Kelly, Ingrid Bergman, Eva Marie Saint, Kim Novak…Todas cayeron presas en las garras de Hitchcock. Tuvieron que aguantar a un genio, que no por serlo estaba exento de debilidades y muchos muchos complejos. Lo tuvieron que padecer pero también formaron parte de películas maravillosas. Tenemos que agradecer que Hitchcock transformase  -no sólo a las actrices en su ideal- todas sus obsesiones en arte. También nos habla Spoto de la esposa de Hitchcock, Alma Reville y de la hija de los dos, Patricia Hitchcock. Pero por hoy basta de ejercer de papá Freud (como ejercían Ingrid Bergman en Recuerda, o Sean Connery en Marnie, la ladrona)  y  ya está bien de mirar y analizar. Dejemos la cámara y los prismáticos bajo la cama.
Patricia L.D.

jueves, 2 de mayo de 2013

LA LIBERTAD SEGÚN HANNAH ARENDT, de Maite Larrauri/Max

La libertad según Hannah Arendt
Autora: Maite Larrauri
Ilustrador: Max
Páginas: 103
14,50 euros.


Hace poco descubrí en la Biblioteca Pública de El Escorial la colección de Tándem Ediciones, “Filosofía para profanos”, una colección dedicada al ámbito del pensamiento que tiene como objetivo “facilitar el acceso a la filosofía de algunos autores, no explicando sus vidas o resumiendo sus teorías, sino ofreciendo, para cada uno de ellos, una llave con la que puedan ser leídos”. En las estanterías tenían dos libros de esta colección: “La amistad según Epicuro” y “La libertad según Hannah Arendt”. Me decidí por el segundo.

            La autora, Maite Larrauri, empieza este libro contándonos la extrañeza que le causó encontrar en un artículo sobre la vida de Hannah Arendt (1906-1975)  escrito por su amiga Mary McCarthy (1912-1989) un halago a la belleza de sus piernas. Recordé entonces “Friedrich Nietzsche en sus obras” de Lou Andreas Salomé y busqué en sus primeras páginas: “Incomparablemente hermosas y de noble formación, hasta atraer de manera involuntaria hacia ellas la mirada, eran las manos de Nietzsche, de las que él mismo creía  que revelaban su espíritu”. Unas piernas, unas manos. Una buena manera de introducirnos en la obra de dos pensadores, Hannah Arendt en el artículo de Mary McCarthy, Friedrich Nietzsche en el libro de Lou Andreas Salomé, a través de sus cuerpos; una buena manera de no olvidar que la filosofía no nace de seres etéreos que hablan de ideas gaseosas. Quizá por ese motivo no le gustaba a Hannah Arendt que la denominasen filósofa: “ya que Arendt no se identifica con los filósofos que <<adoptan el color de los muertos>>, esto es, que entienden que deben liberarse del cuerpo y situarse al margen de la humanidad común y corriente”.

            Maite Larrauri luego se sumerge –nos sumerge- en el pensamiento de Arendt haciéndolo latir, dándole vida gracias a su exposición, a los párrafos elegidos de la obra de Hannah Arendt, y a los estupendos dibujos de Max.

            ¿En qué consiste “pensar”? ¿Por qué es peligroso hacerlo? ¿y no hacerlo, qué consecuencias tendría? ¿Cuándo coinciden el pensar y el actuar? ¿qué entendemos por libertad? Nos iremos a la plaza pública ateniense, nos encontraremos con Sócrates –¡ese tábano, ese pez torpedo, esa comadrona!- y nos veremos sometidos, como se veían sometidos los que se encontraban con él, a un sinfín de preguntas.

            p.23: “Pensar es una actividad más parecida a la que realizaba Penélope, que tejía durante el día y destejía durante la noche. Pero, a pesar de la ausencia de conclusiones definitivas, pensar nos impide ser crédulos y obedientes, no nos dejaremos tan pronto convencer por lo que todos dicen o por lo que dicten las modas o por los discursos oficiales. Nos habremos vuelto más atentos hacia lo particular, nos habremos alejado de las creencias comunes.
            Eso no significa que Arendt esté de acuerdo con el repetido dicho de que “pensar nos hace libres”: sólo pensar no nos hace libres, porque la libertad se muestra en la acción, en la intervención en el mundo para hacer aparecer algo que previamente no existía. Pensar es un ejercicio en soledad y, en cambio, ser libre es actuar, lo que requiere la participación de otros seres humanos.”

            “La libertad según Hannah Arendt”, como en los objetivos señalados al principio de esta colección es nada más –ni nada menos –que una llave para abrir la obra de Arendt, porque seguramente despertará a muchos lectores el deseo de leerla.

            En junio se estrenará la película “Hannah Arendt” de Margarethe von Trotta. Se centra en la época que Arendt estuvo como reportera en la revista The New Yorker en el proceso contra el teniente coronel de las SS Adolf Eichmann y que dio lugar a su libro “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal.”
           
            Patricia L.D.
           

Otros libros de la colección "Filosofía para profanos":
- El deseo según Gilles Deleuze.
- La sexualidad según Michel Foucalut.
- La guerra según Simone Weil.
- La felicidad según Spinoza.
- La potencia según Nietzsche.
- La amistad según Epicuro.
- El ejercicio según Marco Aurelio.
- La educación según John Dewey.

lunes, 11 de marzo de 2013

PERSONA, de Julián Marías.


Persona, de Julián Marías.
Alianza Editorial, 1996.
188 páginas.
 "Hay que insistir en la idea de que la persona es alguien corporal: alguien, no algo."
                                De una conferencia de Julián Marías.

Hace unos días me encontré con Javier Lee, compañero de blog y compañero del club de lectura, en la biblioteca de San Lorenzo de El Escorial. Seguí su recomendación y cogí una película de un director y escritor que hemos reseñado por aquí: Philippe Claudel. La película me gustó mucho, pero hoy no quería comentar esa película, sino cómo en ese espacio público que es nuestra biblioteca a la vez que espacio para muchos ensimismamientos, entre recomendaciones y una conversación acerca de nuestros trabajos, cada uno de nosotros ya estaba seleccionando sus libros para llevárselos después. Es decir, que de modo simultáneo estábamos intercambiando opiniones y –sin comunicárnoslo el uno al otro –elegíamos proyectos de lectura para los próximos días: esos libros, que al poco rato, estaríamos cogiendo en préstamo.

            Uno de los que elegí fue “Persona”, de Julián Marías (1914-2005). Un ensayo del filósofo, en el que intenta esclarecer qué es la persona, y en el que nos podemos encontrar con las ideas –que me han llevado a introducir el libro como lo he hecho –del ensimismamiento (retracción o retiro a la interioridad) y la convivencia (relación interpersonal). Julián Marías no se centra más en una de las dos, por la sencilla razón, que no concibe la persona sino en la simultaneidad de ambas. p.41: Junto a su esencial apertura, la persona es un <<dentro>>, un ámbito (…) no consiste solo en actos y gestos, sino a la vez, en inextricable mezcla con ellos, imágenes, recuerdos, evocaciones, expectativas, deseos, nostalgias, sentimientos de toda índole que coexisten con la vida exterior, de la que son testigos los demás. En ambos <<mundos>> vive simultáneamente el hombre.

            Me acuerdo, ahora, de la secuencia de “Annie Hall” (Woody Allen, 1977) en la que los personajes de Diane Keaton (Annie) y Woody Allen (Alvy Singer), aparecen –poco después de conocerse –conversando en la terraza de un piso. Por un lado asistimos a lo que se dicen, al diálogo que mantienen, y por otro lado vemos los pensamientos que no se dicen, el diálogo que mantienen cada uno de ellos, con sus respectivos gustos, deseos, proyectos, etc.

Un guiño a esta escena lo encontramos en “500 días juntos” (Marc Webb, 2009) donde Joseph Gordon-Levitt (Tom) va a casa de su exnovia, Zooey Deschanel (Summer) y por un lado se muestra en la mitad de la pantalla lo que está ocurriendo (realidad) y en la otra mitad lo que le gustaría a Tom que ocurriese (expectativas). Secuencias que nos sirven como ejemplos de andar por casa, sobre lo que Julián Marías dice también acerca de la persona, y que guarda relación con nuestra distensión temporal (no somos simplemente presente). P.122-124: Lo decisivo, lo que da a la persona un puesto único en el conjunto de todo lo conocido con intuición y que permite la experiencia, es la inclusión de la irrealidad en su realidad. Podríamos decir que lo real no es más que real, y en ese sentido, presente. La persona, no: es desde luego pasado y futuro, memoria de lo que fue, y que sigue actuando, formando parte de lo que <<es>>, y sobre todo futuro incierto, anticipación o proyecto, y consiste primariamente en ello.
La persona, por ese componente de irrealidad del que habla Julián Marías, está en proceso, somos constante innovación, ya que no tenemos una constitución prefijada, dada, cerrada, y por lo tanto, no se puede decir de una persona <<esto es>>. P.32: El animal está <<dado>>, no solo en lo que es como organismo, sino en el repertorio de sus acciones que tiene que realizar; pero que están ya determinadas por su especie; en eso consiste su naturaleza. En el hombre, por el contrario, se introduce la irrealidad –el futuro incierto –como constitutivo de su realidad, ya que está presente proyectivamente en la persona. El repertorio de sus acciones posible, no solamente no está realizado, sino que no está ni siquiera dado como pauta fija, ya que la persona es libertad intrínseca e inseguridad.

            Ligadas a estas ideas que nos pueden ayudar a comprender qué es la persona, Julián Marías nos habla de la vocación, del amor, de la amistad, de la función que ha tenido la literatura a la hora de entender qué es la persona, de la autenticidad/inautenticidad… Después de leer el libro y escribir estas pocas líneas sobre él, me pregunto: ¿pero todo esto se puede meter en un librito de 180 páginas? Creo que no. Creo que este ensayo, como tantos otros, es una invitación a seguir dando vueltas a temas que siempre tendrían que estar repensándose, y para referirnos a ellos, tomamos prestadas  palabras que dedica Marías a la persona: están siempre abiertos, son inagotables, tienen siempre nuevas posibilidades no ensayadas. Quizá, este ensayo sea una llamada a la reflexión –si es que no la hacemos día tras día - a cada uno de nosotros para ir ensayando esas otras posibilidades, y de las que dependerá en gran medida nuestra forma de interactuar con los demás y de vivir nuestra vida.

             Difícil entender el lugar al que se está relegando ¿hoy? a la Filosofía. Difícil también encontrar libros como “Persona”, y no lo digo porque no se escriban libros que nos puedan interesar tanto como el de Marías, sino porque es difícil hacerse con él. Por iberlibro he visto que lo tienen en unas pocas librerías y como lleva años descatalogado su precio oscila entre los 25 euros y los 126.  En fin. Menos mal que todavía es posible descubrirlo (no había oído hablar de él) en algunas bibliotecas públicas que no han tenido que cerrar sus puertas.

            Puede resultar interesante, después de leer este libro, ver “El séptimo continente” (Michael Haneke, 1989) para descubrir en imágenes la despersonalización y el ocultamiento de la persona, también temas que investiga Marías. Agradezco a Rubén R. su propuesta de visionarla. Ha sido un acierto.

            pp.28-29: La despersonalización, que no puede ser total, hace que algunos lleguen a la muerte, al balance total, con una impresión desoladora: <<no he vivido>>. Lo interesante es que puede coincidir con una vida llena de acción, contenidos y éxitos; pero todo se siente <<ajeno>>, un error respecto a lo que había tenido que ser la vida de esa persona única, que se descubre, diríamos, en hueco, al entrar en últimas cuentas consigo.

            p.50: La dispersión habitual de la vida hace problemática la concentración, condición imperiosa para el hallazgo de la propia persona. (…) Es improbable que el hombre de nuestro tiempo se pregunte por su destino último, lo que le haría tropezar con su realidad personal, porque su atención está absorbida por las noticias, por las preocupaciones impuestas por la burocracia, las regulaciones de todo orden, los quehaceres profesionales, raras veces conexos con la vocación, la anticipación de la percepción de las subvenciones, jubilaciones, pensiones, servicios públicos, hasta una muerte vista con ojos <<administrativos>> y que se presenta como un mero término de la vida, sin lugar a un balance personal y un interrogante acerca de la posibilidad de un destino ulterior.

            p.125: el hombre sabe que podría no haber nacido, y esto lo obliga a la vez a imaginar y proyectar su vida y a justificarla, a tratar de darle sentido –se entiende, buen sentido, ya que la posibilidad del absurdo acompaña a la conciencia de contingencia, es una permanente tentación.

Patricia L.D.

miércoles, 13 de febrero de 2013

MALDITO KARMA, de David Safier.


Algunos recordaréis la película A propósito de Henry (Mike Nichols, 1991) en la que Harrison Ford interpreta al personaje Henry Turner, un abogado al que sólo le interesa el dinero y el  éxito y que por conseguirlos no tiene miramientos en  esconder pruebas o tergiversar hechos si es necesario. Un día recibe un disparo, y aunque no muere, sí pierde la memoria. Una vez recuperado tiene que aprender lo desaprendido tras el accidente, y volver a iniciar la vida donde la dejó, con la curiosidad prácticamente de un niño y con el asombro de quien va descubriendo  que no se siente nada identificado con  aquella persona que supuestamente era él. Como si ese disparo además de la memoria le hubiese volteado la escala de valores a la hora de afrontar la vida. Su familia que antes estaba en un segundo plano, pasará al primero, y en el trabajo no se encuentra nada cómodo.
Maldito Karma, de D.Safier
Seix Barral, 2009
320 págs.
13,30. Kindle: 9,49.


                ¿Por qué menciono A propósito de Henry para hablar de Maldito Karma, la novela de David Safier que ha vendido no sé cuantos millones de ejemplares? Porque el argumento es prácticamente el mismo, aderezado con el toque de la reencarnación. Si se fijan en la portada, esos animalillos son Kim Lange en versión reencarnada. Antes de su primera muerte, Kim era una famosa presentadora de TV que al igual que Henry Turner, no tenía ningún inconveniente en pisotear a quien fuera con tal de mantenerse en primera línea. Tampoco le importaba no disponer de tiempo para estar con su familia. Un día muere y entonces descubre que ha desperdiciado toda  su vida en tonterías y se ha olvidado de lo importante: su querido marido Alex y su querida hija Lilly. A partir de ahora, hará todo lo posible por recuperarles. Para conseguirlo tendrá que ir acumulando buen karma, haciendo buenas obras y con la compañía de un curioso amigo, Casanova (sí, el famoso conquistador que nos le encontramos casi al principio de la historia en estado-hormiga, y del que podremos leer fragmentos de sus Memorias en notas a pie de página). Juntos vivirán aventuras a lo Alvin y las ardillas, y tratarán de ir subiendo, reencarnación tras reencarnación, en la escala animal, hasta cumplir sus objetivos.

                Maldito Karma da lo que promete, ni más ni menos: un rato de diversión. Un libro para desconectar de un día ajetreado, o para reírte un poquito. Lo que me hubiese gustado es que David Safier hubiese trabajado más la verosimilitud y el tratamiento de los personajes. Porque está bien que circulen este tipo de libros que no tienen más pretensiones que el entretenimiento, pero unos mínimos no estarían de más. No llegas a creerte mucho a Kim Lange, una mujer que cada vez que se reencarna lo  hace en animales más “evolucionados” gracias a sus buenos actos, pero resulta que esos buenos actos están al nivel de su comportamiento al principio de la historia: para conseguir lo que quiere se sigue llevando por delante todo lo que haga falta. Si leen el libro, descubrirán muchas incongruencias de este tipo; la narradora de la historia,  que también es Kim, no sabe sólo lo que le pasa a ella, sino también todo lo que piensan los demás, como si estuviese dentro de sus cabezas; o parece la Samantha de Embrujada, en el sentido de que todo lo que quiere, termina consiguiéndolo y prácticamente al instante, sin justificarse  en ningún momento a qué se debe este poder; por no mencionar lo planos que son los personajes; lo que no quita que la historia resulte simpaticona, se lea  de un tirón -predominan los diálogos que además fluyen bien, no en vano el autor es también guionista de televisión- y bueno, a veces el cuerpo te pide más que una historia, una historieta.

                Lo recomiendo para días de playa.

Patricia L.D.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La piedra de la paciencia, de Atiq Rahimi

ATIQ RAHIMI
La piedra de la paciencia
Traducción de Elena García-Aranda
Punto de Lectura S.L, Madrid, 2010.
112 páginas. 7,99 euros.
            “En algún lugar de Afganistán, o en cualquier otro lugar”
Atiq Rahimi nació en Kabul en 1962. En 1984, se vio obligado por la guerra a refugiarse en Pakistán, recibiendo más tarde asilo político en Francia. Su primera novela “Tierra y cenizas” fue un éxito de ventas tanto en Europa como en Sudamérica. Se encargó de su adaptación al cine, y obtuvo múltiples premios internacionales. En el 2008  recibió el premio Goncourt  por “La piedra de la paciencia”. Un libro, que quizá por la experiencia del escritor en el cine, resulta muy cinematográfico. Y con una película vamos a empezar este post, aunque no de Atiq Rahimi, sino de Won Kar-Wai.        
            En la película “Deseando amar”, un personaje nos cuenta que antiguamente si alguien tenía un secreto que no quería compartir con nadie, lo que hacía era subir a una montaña en busca de un árbol. Una vez encontrado, elegía un agujero y susurraba el secreto. Al terminar, lo cubría con barro y lo dejaba ahí para siempre.
            En “La piedra de la paciencia” no aparecen árboles, pero sí una mujer en una habitación pequeña que necesita contar muchos secretos, todos aquellos que durante años se ha visto obligada a callar. Similar a la historia del agujero en el árbol, en esta novela nos encontramos con el siguiente mito: existe una piedra sagrada, una piedra negra, que sirve de ayuda a los desventurados, pudiendo verter en ella todo su dolor que finalmente es absorbido por ella. A la mujer –no sabemos su nombre –le valdrá de piedra negra “su hombre”, que está en esa misma habitación postrado, herido por una bala, casi sin vida. Justo cuando él se ha convertido en un cuerpo completamente vacío, ella tendrá, por primera vez, la oportunidad de poder hablar. Seguramente los lectores se acordarán de Carmen Sotillo, el personaje de “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes.
            A través de su monólogo seremos testigos primero de sus plegarias y más tarde del sufrimiento, sus deseos, su rabia; descubriremos las entrañas de una mujer, madre de dos hijas, que quiere de una vez por todas liberarse del yugo que sufre en el presente, así como el padecido en el pasado. Entrelazándose con su monólogo, un narrador en tercera persona se hará eco de todo lo que interfiere en el discurrir de las palabras de la mujer: los disparos, los llantos, la voz del mulá llamando a la oración, el ruido de los guerreros.
            Con una prosa en la que no sobra ni falta nada, sin alardes, bella, poética por momentos, Atiq Rahimi nos cuenta en esta novela breve, una historia que nos atrapa, que nos interpela, y finalmente nos explota, como toda piedra sagrada, toda “sangue sabur” termina haciéndolo. A diferencia de todo lo que se guarda en los árboles y que se queda ahí para siempre.
  Patricia L.D.

martes, 6 de noviembre de 2012

Wilt, de Tom Sharpe.


Wilt, de Tom Sharpe
Anagrama, 1990
254 páginas


El problema no ha sido Henry Wilt, el personaje creado por Tom Sharpe que además de formar parte de esta historia titulada Wilt, también lo hizo en Las tribulaciones de Wilt, Ánimo Wilt, Wilt no se aclara, y por si no tuviésemos suficiente Wilt, otro más: La herencia de Wilt. El problema tampoco ha sido su esposa Eva, mujer hiperactiva, excesiva en todo y adicta a cientos de cursos: cerámica, baile oriental, judo, meditación trascendental, etc., etc.

            Tampoco los pensamientos de Wilt acerca de cómo matarla, de imaginarse  una vida sin ella después de doce años de matrimonio; ni su falta de decisión, ni sus diez años de profesor auxiliar en la Escuela de Artes y Oficios. Tampoco su existencia anodina, su aburrimiento, su deprimente rutina. ¿Quizá Judy, la mujer de plástico hinchada a mayor presión de lo normal? No. Ni la fiesta en una casa del vecindario, ni la vecina con cerebro de cacahuete y cientos de pájaros revoloteando en su cabeza, ni los obreros que se encuentran a la muñeca hinchable asesinada en su obra. ¿Pero acaso se puede asesinar a un trozo de plástico? Y es aquí, en este momento, cuando también  entra en juego la policía y sus pesquisas, tan poco acertadas ellas;  y una mitad –Wilt –se quedará ahí, entre los cotilleos y tejemanejes de la Escuela, la comisaría, el ajetreo en las obras con la pobre muñeca Judy enterrada en hormigón, sometido a un sinfín de interrogatorios, mientras la otra mitad –Eva –muerta aparentemente, presencia fantasmal para algún que otro cura, tomará un barco con una pareja que la deslumbrará al principio hasta que finalmente escape espantada de los dos: Sally, a quien le gusta la Terapia Táctil y Gaskell, que se divierte con juegos y juguetes infantiles.

            Y según vamos leyendo, iremos pasando de un enredo a otro. Y seguramente al final, el señor Wilt saque algo de todo esto. Y seguramente la señora Wilt también. ¿Pero qué sacamos nosotros, los lectores? Como mucho, pasar un rato un poco divertido. Más allá, y este sí es el problema: NADA.

            Me acordé de Lars y una chica de verdad (2007). Por si les gustan las historias con mujeres de plástico hinchadas a mayor presión de lo normal. Ahí si encuentro a personajes de verdad, aunque uno sea de plástico.
Lars y una chica de verdad (2007), de Craig Gillespie


Patricia L.

Nota: sería injusto no decir que con quince o dieciséis años Wilt sí me pareció entretenido y me arrancó más de una sonrisa. Supongo que mis gustos han ido cambiando y pido a una historia más que una sucesión de enredos; o sencillamente, que este libro no aguanta bien una relectura.